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EL MAL DE AMORES Antiguamente, mucho se ha escuchado hablar del mal de amores. Esa pena soslayada que tumbaba a un sujeto en una melancolía que difícilmente parecía tener salida, todo a consecuencia del infortunio de un mal amor. Esta disposición es más recurrente en la posición femenina que en la masculina, que pareciera poder salir del entuerto con otra disposición. Aunque, para que un hombre pueda acceder al amor, la posición femenina será la que le regirá en esas circunstancias, con lo cual una vez más no se tratará de hombres o mujeres, sino de posiciones ante la diferencia, la femenina o la masculina. Ahora bien: Después de acercarnos a esa disposición típicamente femenina para el amor incondicional y el sacrificio, continuaremos la historia con la propia elección de pareja que siempre es fruto de todo menos del azar. Me referiré a esos casos en los que se establece un tipo de relación en el que la mujer convierte a su hombre en un dios y ella pasa a ocupar el lugar de su sierva, de su dueña. (Michelena, 2008, P. 29). Entendiendo la feminidad entonces, no exclusiva de las mujeres, pero tampoco extraña a ellas. Es usualmente en las mujeres que se recalcará esta situación. La mayoría de estos amores imposibles, por suerte, no son eternos, y aquel que hasta ayer era un dios y ocupaba el lugar más alto de un pedestal, una mañana cae sin remedio y casi sin explicación. Un buen día resbala el velo que no dejaba ver a la mujer con claridad y su ídolo se presenta en toda su humanidad. Será cuando ella esté preparada para desprenderse internamente de él, aunque se hayan separado mucho tiempo atrás. Caído el ídolo del pedestal, empieza el proceso de reconstrucción de la mujer, que habrá de atravesar un duelo inevitable. (Michelena, 2008, P. 30). Sin embargo, hasta que ese momento llega, se notará en la mujer esa disposición a encarnar una cierta maternidad sobre ese sujeto elegido, y no es accidental que no se enuncie aquí a su compañero de vida, pues cuando ese momento llegue, seguramente otras cosas serán las que se compartan en esa relación. Pero prevalecerá en este amor, la necesidad de curar, educar, reparar, a ese sujeto de su problemática, sin interrogarse ella qué la hace aprenderse ahí. Hoy, recurro a la «preocupación maternal primaria» para explicar el enamoramiento. Si entonces dije que «la mamá de un bebé recién nacido se comporta como una mujer enamorada», hoy diré que «una mujer enamorada se comporta como si fuera la mamá de un bebé recién nacido». (Michelena, 2008, P. 36). La psicoanalista venezolana Mariela Michelena, en su texto Mujeres mal queridas, explica como ésta posición aclara esa sensación de sentirse mal querida por los otros, respuesta directa al excesivo amor del que estas mujeres hace alusión muy orgullosas. El problema surge cuando se hace exactamente lo mismo con un hombre con toda la barba. Esto es lo que convierte a una mujer en malquerida: soportar sus bufidos, su indiferencia, su traición y sus accesos de cólera con un estoicismo maternal. Ella se ha convertido en malquerida cuando es suficiente una sonrisa, tan sólo una pausa, para que se precipite a dar el tema por zanjado y le llene de besos y de perdones. Se habrá convertido en malquerida cuando una llamada suya baste para sanarla de un desprecio, de un insulto, de una traición, de un abandono. Ella estará de nuevo allí, dispuesta a todo, convertida en una perfecta malquerida y además encantada de haber recuperado su lugar junto a ese ser que le hace sentirse tan importante. A este tipo de entrega sin restricciones se le conoce como <<amor incondicional>>. (Michelena, 2008, P. 38). Muchas veces se oye decir que se trata de mala suerte, de mujeres víctimas de una situación de las que parecieran totalmente ajenas, y quizás hayan situaciones así, pero la respuesta ante esa problemática marcará la diferencia. ¿Qué quieren realmente Lía y Graciela? ¿Lo que «dicen» que quieren o lo que «hacen» para conseguir lo que tienen? ¿A qué parte de ellas habría que creer? Pues a las dos, porque ninguna miente. El problema es que los que no son psicoanalistas, es decir, la mayor parte de la gente normal, suele escuchar sólo a la Lía o a la Graciela que «dice», y nos parece que la Graciela o la Lía que «hace», hace lo que hace porque es víctima de unas circunstancias externas que le son ajenas. (Michelena, 2008, P. 47). Pero le son ajenas, porque no hay el espacio para el cuestionamiento, y en lugar de ello, sólo queda la queja. [Muchas mujeres se preguntan:] ¿qué he hecho yo para merecer esto? (…). Saber lo que cada cual hace para modelar su vida es importante para discriminar cómo puede deshacerse el entuerto y así poder responder a una pregunta crucial: ¿qué puedo hacer yo para salir de donde estoy?. (Michelena, 2008, P. 134). ELIZABETH CANTERO REVISTA ESPACIO HUMANO, MES SEPTIEMBRE 2010,No.144 |


